Desde que la ciudad cerró hace varias semanas, he tenido que acostumbrarme a vivir más aislado que de costumbre. Mis padres, uno de los cuales sigue trabajando fuera de casa, están totalmente estresados y ansiosos. Escribí el siguiente poema para ellos:

Estos días son largos pero fructíferos (Cuando las cosas se ponen difíciles)

Este es un tiempo de incertidumbres,
un momento donde no tenemos ni idea
de qué vendrá después
ni dónde nos encontraremos
en las próximas seis semanas.

Pero esto les pido ahora:
tómenme en cuenta
cuando se sientan tan abrumados
que lo único que pueden hacer
es levantarse en la mañana,
ponerse la ropa que traían ayer,
enfrentarse al día con un falso optimismo
que han cultivado en las últimas veinticuatro horas
y ayúdenme a atravesar las siguientes veinticuatro
mientras mi mundo se ha reducido
a estas cuatro paredes.

Siento su frustración y su impaciencia,
su evidente protección de mi vida sagrada —
la vida que otros declararon como menos valiosa
que la de aquellos que viven sin diferencias—
la vida que ustedes no pidieron.
En nuestros corazones unidos,
nuestra supervivencia mutua late con una ferocidad
que se compara con la bomba atómica.

Cubramos con máscaras todo menos nuestros espíritus,
nuestro impulso de supervivencia,
el deseo de ver un nuevo amanecer
cuando todos podamos reunirnos de nuevo,
cuando construyamos una nueva normalidad
y mi espíritu se arrope debajo de sus alas una vez más.

Sé que estos días son difíciles para todos nosotros, pero son especialmente difíciles para aquellos de nosotros que dependemos de las rutinas y de lo esperado. Por favor, tengan más paciencia con nosotros mientras nos acostumbramos a ser nosotros mismos en un nuevo mundo.

 

 

 


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